Finalista en el XIX Concurso Cuentos sobre ruedas (2019)
EL BIKINI
Cuento corto finalista en el XIX Concurso Cuentos sobre ruedas (2019).
Encontró una plaza libre en el último tercio del vehículo. Una chica rubia de unos veinte años se apartó para que pudiera depositar el hatillo en la parrilla superior y entrar hasta el asiento junto a la ventanilla. Se acomodó y dio las gracias a la joven. El autocar se puso en marcha dejando atrás los edificios de la población manchega para adentrarse en una carretera que dividía en dos la
amplia llanura de campos gramíneos.
Fue una grata sorpresa subir a un vehículo tan moderno, de formas redondeadas tanto en la cabina del conductor como en la parte trasera. La brillante pintura de su carrocería en dos tonos azules lo presentaba como la flamante nueva adquisición de la flota que cubría la ruta de Madrid a Benidorm. Angustias sólo conocía las camionetas de aspecto viejo y tartanero con las que se desplazaba por su comarca, como la que la había llevado esa mañana desde Fuenteárida hasta la estación de La Roda recorriendo un tortuoso camino. El colorido en el interior no defraudaba. Las butacas azules con una funda de tela blanca en sus reposacabezas daban asiento a una cincuentena de pasajeros, en su mayor parte jóvenes capitalinos atraídos por la costa de Alicante.
La chica rubia iba todo el tiempo de rodillas en el asiento, mirando hacia la parte de atrás, donde estaban sus compañeras de viaje. Con los brazos apoyados en el cabezal, gesticulaba y hablaba en un idioma que Angustias no entendía. La joven provinciana sintió vergüenza al ver que las turistas usaban ropa mucho más ligera. Algunas vestían minifalda, otras un pantalón corto, pero todas llevaban las piernas al descubierto sin pudor alguno. Sus blusas, casi transparentes, tenían colores desenfadados. Se peinaban con trenzas o llevaban el cabello suelto. La modernidad no se había asomado todavía a Fuenteárida, pero si había decidido realizar ese viaje era para dejarse absorber por los nuevos tiempos.
A pesar de no conocer la lengua, dedujo que las extranjeras hablaban de ella, pues vio de reojo que la rubia que estaba a su lado la miraba de vez en cuando mientras conversaba con las otras. También la vio gesticular llevándose las manos a la frente y bajándolas por las mejillas hasta el cuello. Sus amigas reían a carcajadas. Ese gesto y las risas le aclararon que la mofa se había desatado por el pañuelo con el que Angustias se tapaba la cabeza. Un sentimiento de bochorno la invadió de repente. Sin saber cómo actuar se refugió por lo pronto observando el paisaje a través del cristal. El llano había desaparecido y se adentraban en un trayecto de curvas por un terreno montañoso, un camino más entretenido que tal vez la ayudaría a aparcar la idea de que estaba siendo el mono de feria de la parte trasera del autobús. Sin embargo, no podía apartar de su mente las risitas de las turistas y pensó que, para entrar en la modernidad, primero debería presentarse ante ella y enfrentarse si era preciso. Giró de golpe la cabeza y clavó sus ojos en la rubia. Las miradas se cruzaron un instante, pero la extranjera no fue capaz de mantener el duelo. El grupo se calló. La turista se sentó bien y miró al frente. Angustias continuó castigándola con ojos amenazantes, pero ella se limitó a disimular: tomó una revista y se puso a ojearla. La joven provinciana volvió a mirar por la ventanilla y esbozó una ligera sonrisa de satisfacción.
—Perdona —dijo la chica, mientras dejaba la revista en la red elástica
del respaldo del asiento de delante.
Angustias no supo qué decir y asintió con la cabeza, sin más.
—No sé cómo disculparme —continuó—. Estamos de viaje y queremos
pasarlo bien, pero no tenemos derecho a reírnos de nadie. Quiero pedirte
perdón otra vez.
Aunque con un ligero acento extranjero, la joven hablaba perfectamente
el castellano. Angustias se sintió aliviada al ver que era una muchacha
educada que simplemente se había dejado llevar por la vorágine festiva del
grupo.
—No te preocupes —contestó sin darle mayor importancia.
—Me llamo Greta. ¿Y tú?
—Natalia —mintió Angustias.
—Bonito nombre.
Por fin, Angustias sonrió a Greta y dio por zanjado el choque cultural. El primer paso para adentrarse en la modernidad había sido cambiarse el nombre. La habían bautizado así por Nuestra Señora de las Angustias, la patrona de Granada, una virgen por la que su madre sentía una gran devoción. Pensó que Natalia era un nombre más apropiado para ir a pasar unos días a la costa. El siguiente paso era tratar de abrirse y entablar una conversación con aquellas personas a las que le gustaría parecerse. Esa oportunidad se le acababa de presentar y debía aprovecharla.
El autocar hizo un alto en el camino para tomar un tentempié. Greta se reunió con sus amigas al salir del autocar y se dirigieron a un bar de carretera. Natalia se fue a un espacio abierto a la sombra de un árbol. Se sentó en la hierba y deshizo el nudo del hatillo. Sacó un trozo de queso y otro de pan, y comió sin ganas, con el único fin de entretener al estómago, que ya llevaba unas horas contraído a causa de las emociones.
Una vez consumido el tiempo de descanso, Natalia vio cómo Greta y sus amigas se mezclaban con un grupo de españoles que viajaban en el mismo autocar. Al subir se repartieron los asientos entre chicos y chicas alrededor del de ella, detalle un tanto atrevido para una mujer rural. Por suerte, Greta volvió a sentarse a su lado. No estaba preparada para conocer a un nuevo acompañante, y mucho menos del género masculino. Por lo que pudo apreciar, los jóvenes eran madrileños que iban a pasar unas vacaciones a Benidorm y se les veía encantados de poder compartir el viaje con unas turistas extranjeras: “un episodio exótico para comentar con otros amigos al volver a la capital”, pensó Natalia. Greta reanudó la conversación.
—¿Estaba bueno el queso?
—Sí —contestó Natalia—. Lo hace un vecino mío con mucho cariño. Si quieres, me ha sobrado un poco.
—Gracias, pero ya me he comido un bocadillo en el bar y tengo queguardar la línea.
Greta se dio unas palmaditas en el vientre, que lo llevaba al descubierto, y sonrió. Natalia le devolvió la sonrisa. Se sentía agradecida por ver que Greta había preferido seguir hablando con ella en lugar de hacerlo con los chicos que acababa de conocer.
—Natalia, no te ofendas por lo de antes, pero es que nos hizo mucha gracia tu forma de vestir. No entendemos que una joven como tú vaya tan tapada, con esa falda por debajo de las rodillas y una camisa de manga larga en pleno verano.
Natalia prefirió eludir el tema, pero le apetecía seguir conversando.
—Hablas muy bien nuestro idioma.
—Mi madre es valenciana. Mi padre es periodista y vino a España para cubrir la guerra. Se enamoró de mi madre en cuanto la conoció y decidió llevársela de aquí. Yo nací en Londres, pero siempre he hablado en castellano con ella.
—¡Qué curioso! Yo no tuve esa suerte. Nací en una aldea asolada por el hambre y la miseria. No me puedo quejar. Dentro de lo que cabe, en mi casa nunca faltó un plato de comida. Mi padre era capataz de mina. Antes de morirse, tuvo la desfachatez de casarme con uno de sus mejores trabajadores.
—¡Estás casada! —se sorprendió Greta.
—Desde los dieciséis años. Y puedo asegurarte que, si mi marido me ve vestida como vas tú, me mata.
Greta se quedó en silencio, sin saber cómo continuar la conversación. Natalia pudo ver en su mirada un cierto desasosiego, como si se compadeciera de ella. Era evidente que el exotismo de la joven inglesa contrastaba con la patética historia de Natalia, pero hablar de ello la aliviaba. Sentía que su hermetismo se diluía poco a poco al entablar confianza de una forma tan rápida, aunque fuese forzada por la situación, con una mujer de edad semejante, pero tan alejada de su mundo. Estaba decidida a contar su vida sin
miedo a que otras personas, de culturas más avanzadas, tuvieran motivos para burlarse.
—Pero, te deja ir sola a la playa —arrancó de nuevo Greta.
Natalia estalló en una carcajada. Se sentía ya tan cómoda, que se permitió el lujo de dar rienda suelta a sus emociones.
—No, Greta. No me deja ir sola a la playa.
—¿Entonces?
—Lo he asesinado.
Greta se llevó la mano a la boca, escandalizada.
—Esta mañana —continuó Natalia— se ha levantado muy temprano para ir de caza con sus amigos. Me ha despertado para que le preparara unas viandas y he obedecido, como siempre, pero, al llenarle la cantimplora de agua no he podido evitar echarle unas gotas de un líquido que tenía guardado para él desde hace tiempo. Ha cogido el macuto y la escopeta y se ha ido.
Natalia veía cómo la cara de Greta se iba descomponiendo por momentos.
—Luego he metido unas cuantas mudas en mi maleta, he liado un pedazo de queso y un chusco en un trapo y aquí estoy.
La joven inglesa no sabía dónde meterse. Miraba a Natalia horrorizada. Buscaba ser rescatada por sus amigas, pero estaban demasiado felices hablando con los madrileños. Natalia pensó que ya se había cobrado la burla del inicio del viaje y que era suficiente.
—Greta, es broma.
La inglesa sonrió reconfortada. A Natalia se le escapó la risa y, al instante, ambas rompieron en largas risotadas.
—Tenías que haberte visto la cara —dijo Natalia.
—¡Qué mala eres! —replicó Greta, mientras se secaba las lágrimas que le caían de tanto reír.
De repente, oyeron gritos de júbilo que provenían de la parte trasera del vehículo. El alborozo era debido a que habían visto una señal que informaba que quedaban cincuenta kilómetros para llegar a Benidorm. Natalia había oído hablar mucho de esa ciudad por la radio. Algunos criticaban a su alcalde por haber convertido un pueblo de pescadores en el mayor centro de perversión de la Nueva España. Otros le admiraban por haber conseguido que la costa alicantina fuera el símbolo de la apertura española al turismo. Lo cierto era que había carteles de la localidad levantina en todas las carreteras, incluso en otros países de Europa.
Greta se puso de pie y sus amigas empezaron a decirle algo en inglés que Natalia no entendía. Al principio Greta era reticente a las demandas de sus amigas. Se reía para esconder su falsa timidez y decía que no moviendo el dedo índice. Natalia le hizo un gesto de incomprensión, levantando los hombros y arrugando el ceño.
—Están locas —le aclaró a Natalia—. Quieren que enseñe el bikini que me he comprado en Madrid.
—¡Claro que sí! —la animó.
Los chicos madrileños se unieron a la petición, cantando al unísono “¡que lo enseñe, que lo enseñe!”. Greta accedió. Al desabotonarse la blusa, quedó a la vista la pieza superior del bikini, rojo con lunares blancos. El alboroto generado al final del autocar hizo que todos los pasajeros se giraran para ver qué estaba ocurriendo. Luego se quitó la blusa del todo y empezó a contonearse, mostrando su torso de la forma más sensual. Natalia se sumó a dar palmas y a alentar a Greta. Los madrileños silbaban y piropeaban a la turista que ni corta ni perezosa se descolgó los tirantes de los hombros y amenazaba con quitárselo todo. La verdad es que Natalia estaba un poco cohibida. La situación la desbordaba, aunque en el fondo se lo estaba pasando bien.
Greta decidió poner fin al numerito y volvió a sentarse. Todo el autocar se puso a aplaudir. Natalia comenzó a sentir una especie de rubor ajeno, o tal vez propio, por ir vestida como una campesina y estar situada justo al lado del centro de atención, que era una chica en traje de baño.
—Al menos tú podrías quitarte el pañuelo de la cabeza —la increpó amistosamente Greta.
—Cuando llegue el momento, Greta —contestó cambiando el semblante—. Te prometo que cuando llegue el momento me lo quitaré.
Natalia se quedó pensativa recordando un verano que su prima María apareció en Fuenteárida para pasar unos días. Sus padres habían tomado la determinación de emigrar a Suiza en busca de un futuro mejor para María y sus hermanos cuando ella no era más que una niña. Eso la salvó de llegar a la adolescencia y que los mozos del pueblo comenzaran a pretenderla con el fin de convertirla en esposa a una edad prematura. Todo lo contrario: tuvo la oportunidad de estudiar, hacerse mayor sin estrecheces, enamorarse y casarse. Aquel año llegó al pueblo porque quería enseñarle a su marido dónde había nacido y dónde había jugado de niña con su prima Angustias. Para no venir con las manos vacías, le trajo un regalo de Suiza. Emocionada, Angustias abrió la caja y encontró un bikini amarillo con un estampado de flores en tonos rosas. El encuentro no fue el deseado. A Juan, el esposo de Angustias, no le cayó bien el compañero suizo de la prima María y soltaba improperios todo el tiempo. Por suerte, María no se los traducía e intentaba evitar cualquier encontronazo que pudiera estropearles las vacaciones. Lo peor fue la noche que Angustias decidió enseñarle el bikini a Juan. El marido entró en cólera: le propinó dos bofetadas y la amenazó con darle una paliza si la veía con aquella prenda puesta. Era de esperar pues, en algunas ocasiones, le había propuesto ir unos días a la playa y la respuesta había sido tajante: “allí sólo hay pecado y lujuria”. La apertura al turismo no había sido acogida por todos los españoles como algo positivo.
Desde el autocar empezó a divisarse el mar a lo lejos. La ciudad de Alicante le presentó a Natalia una inmensidad desconocida hasta entonces. Se levantó como un resorte, salió con determinación al pasillo y caminó hasta la parte delantera del autocar. El chófer vio que Natalia estaba de pie con la mirada perdida en el horizonte.
—Señora, no puede estar aquí —la increpó—. Si tengo que frenar, se va a estampar usted contra el parabrisas.
Natalia miró al conductor, anonadada. El hombre pisó un poco el freno para mostrarle lo que le podría pasar. La chica perdió el equilibrio y tuvo que poner una mano en la luna para recuperarlo.
—¿Lo ve? Váyase a su asiento, haga el favor.
Asintió con la cabeza y se fue de nuevo a su sitio. Ya no le importó, pues el autocar tomó la carretera de Alicante a Benidorm, que iba paralela a la costa. El mejor lugar para ver el mar, entonces, era su propio asiento. Greta apartó las rodillas para dejarla entrar. Se sentó y continuó con la mirada fija, deslumbrada por la grandeza del Mediterráneo.
—Natalia —la interrumpió Greta de su ensoñación—. ¿Te encuentras bien?
—Es la primera vez que veo el mar —respondió emocionada.
Las dos chicas se quedaron en silencio. Greta sacó un pañuelo de bolsillo de su minifalda y se lo ofreció al verle los ojos humedecidos. Natalia se secó antes de que brotara alguna lágrima y continuó mirando el paisaje. A pocos kilómetros de entrar en Benidorm, un control de la Guardia Civil obligó a parar al chófer del autocar. Entró una pareja. Uno de ellos se quedó hablando con el conductor y el otro se dio un paseo por el interior del vehículo. Greta se puso rápidamente la blusa. Natalia deslizó su pañuelo de la cabeza hacia delante para taparse un poco más la cara. Cogió la revista de Greta de la red elástica y la abrió, escondiéndose por completo a la mirada del agente hasta que se fueron y permitieron el paso al autocar.
Al llegar a la Avenida del Mediterráneo de Benidorm, el chófer anunció el final del viaje. Natalia bajó del autocar y recogió su maleta forrada en tela marrón con las cantoneras metálicas que heredó de su padre. Reparó en que los equipajes de los turistas también eran más modernos que su vieja maleta. Vio al grupo de extranjeras despidiéndose de los madrileños, pero no quiso molestar a Greta y tomó el camino hacia la playa. Al fin y al cabo, sólo había compartido unas horas con ella. Aunque la modernidad estaba cada vez más cerca, aún le quedaba mucho para llegar a ser como la rubia inglesa.
—¡Natalia!
Natalia. Qué bien sonaba su nuevo nombre con el murmullo del mar de fondo. Se paró para despedirse de Greta, que llegó corriendo hasta ella.
—Me ha encantado viajar contigo —dijo la británica.
—A mí también.
—¿Te veré por aquí? Yo estaré una semana.
—No lo sé. Tal vez nos crucemos en la playa.
Greta le dio un abrazo. Natalia tardó unos segundos en decidirse. Quizás no era bueno cogerle cariño a nadie en aquella nueva vida. Finalmente, soltó la maleta y se abrazó a su compañera de viaje. Cuando se separaron, Natalia continuó caminando hacia el mar. Las calles de Benidorm estaban llenas de turistas paseando arriba y abajo. Pantalones cortos, minifaldas, blusas con trasparencias, hombres en bañador, mujeres en bikini, gafas de sol, sombreros y pamelas. La joven llegó hasta la arena y se detuvo a mirar la cantidad de sombrillas y tumbonas que poblaban la playa. Algunos bañistas empezaban a recoger los bártulos. Otros preferían el dulce sol de la tarde y se tumbaban relajados en sus toallas. Natalia sonrió, se quitó el pañuelo de la cabeza y dejó que se lo llevara el viento. Una larga melena cayó sobre sus hombros. Se quitó los zapatos. Luego se santiguó y se adentró en la modernidad.
Dejó la maleta en la orilla. La abrió y empezó a quitarse ropa: la chaquetilla de punto gris, la blusa beige, la falda canela y las enaguas. Caminó hasta pisar el agua. Luego dejó que las olas bañaran sus rodillas. Parecía una turista más con su bikini amarillo estampado de flores en tonos rosas. Lástima de su cuerpo, que estaba todo marcado de magulladuras y hematomas. Siguió avanzando sin importarle la fría sensación del agua en la piel. Abrió los brazos y sumergió su melena negra.
Decidió quedarse allí el resto de su vida y se prometió bañarse en el mar todos los días hasta que la policía la encontrara.
Ángel Melampo
