EL CASERO
Octubre 2022
Maldigo el día en que conocí a nuestro nuevo casero. Era un viejo amigo de la infancia de mi marido al que él no había vuelto a ver desde hacía veinte años. Nosotros acabábamos de regresar a Europa después de vivir largo tiempo en América, donde Antonio había desarrollado su última etapa profesional antes de retirarse.
Coincidimos casualmente por la calle. Ellos dos se abrazaron e intercambiaron las cortesías habituales, afirmándose el uno al otro que no habían cambiado de aspecto y que estaban tan lozanos como veinte años atrás. Luego Antonio me lo presentó:
—Julia; este es Sander, nos conocimos de niños en el colegio.
Sander me estrujó los dedos con su manaza durante unos dolorosos segundos y carraspeó mientras me escrutaba con ojos acuosos que apenas parpadeaban. Me dio la impresión de que su vista penetraba hasta el fondo de mi alma. Su desparpajo me incomodó. Era un hombretón corpulento y algo rudo en las formas que sobrepasaba un palmo a mi marido.
—¡Te veo bien casado, chaval! —dijo Sander, dándole unas palmadas en el hombro— Siempre supiste elegir bien.
Antonio se rascó la frente para disimular su timidez, me miró y, señalando a su amigo, dijo:
—Un fenómeno, los profes no podían con él —y ambos soltaron una risotada de complicidad.
Empezaron a hablar acerca de qué había sido de sus vidas. Sander contó que vivía solo en un caserío remoto perdido en la montaña, una vieja casona que había heredado de sus padres. Nosotros le dijimos que acabábamos de regresar al país después de muchos años fuera y que buscábamos un lugar tranquilo en el que instalarnos para emprender una nueva etapa de la vida, lejos del bullicio de una gran ciudad.
Sander nos observó con sus grandes ojos redondos y, con una sonrisa de felicidad, nos propuso alquilarnos un anexo de su caserío. Antonio y yo nos miramos y él dijo:
—Eso está hecho. Veniros un día de estos y os lo enseño. Os gustará.
Parecía una excelente oportunidad, caída del cielo, así que le dijimos que sí y acordamos una visita para conocer el lugar.
Dos días más tarde acudimos a la cita con Sander. Llegamos en coche pronto por la mañana a un paraje de montaña espectacular. Una pista ascendía un par de kilómetros a través de los bosques hasta llegar a lo alto de una loma en la que estaba la vieja casona. Enseguida vimos a Sander en el jardín. Estaba ocupado en cortar leña para el invierno. Al vernos, se retiró la visera del casco, dejó la motosierra sobre un tocón, se quitó los gruesos guantes de leñador y salió a recibirnos.
Se encontraba con él ese día un joven africano que lo ayudaba en las tareas del bosque y que en ese momento estaba ocupado con la trituradora de ramas. El hombre dejó un momento su faena para observarnos y Sander le hizo un gesto con la mano conminándolo a que continuara con su trabajo.
—Estos morenos aprovechan la más mínima para escaquearse —soltó Sander con la chulería de un capataz y, abrazándonos a cada uno con un brazo, señaló con la cabeza la mansión— Sed bienvenidos, esta es vuestra casa.
Entramos por una puerta lateral a un distribuidor que hacía las funciones de despensa, y daba por un lado a la bodega y por otro a la cocina.
—Acompañadme primero a la bodega, esto hay que celebrarlo con una buena botella de vino, un Clos Mogador 1989.
Lo seguimos por unas escaleras que llevaban a la cava subterránea. Era un lúgubre habitáculo de hormigón. A pesar de ser un día caluroso, se estaba muy fresco y se percibía un fuerte olor a humedad. El espacio no tendría más de una docena de metros cuadrados, pero parecía suficiente para almacenar una buena colección de caldos por los que Sander confesó tener una gran afición.
Luego salimos de la oscura cueva, cerró la puerta con llave y ascendimos de nuevo al distribuidor desde el que también había acceso, primero a un office y luego a la cocina. La cocina presentaba el desorden habitual que delata a algunos hombres que viven solos. Siempre he pensado que las mujeres somos diferentes en esto, aunque hay muy honrosas excepciones. Con Sander, no era el caso. Me recordó a mi padre. De ahí pasamos a un gran salón comedor con una chimenea en el centro de esas de metal que cuelgan del techo. La estancia resultaba muy poco acogedora: todo era sombrío y desangelado, viejuno, hasta el punto de que helaba la sangre. Los muebles anticuados y de mal gusto le daban a todo un aire triste. En las paredes colgaban antiguos retratos de los que parecían ser miembros de la familia de la época de la guerra de Cuba, cosa que aumentaba la sensación de desamparo. ¡Dios mío!, pensé, qué le pasará a este hombre que no es capaz de alegrarse el espíritu con una casa luminosa, limpia y
ordenada, con detalles acogedores. En lugar de eso, Sander parecía satisfecho e incluso orgulloso de su hogar. A mí, por el contrario, me pareció que los espacios en los que uno vive son los reflejos del alma y me cogió un escalofrío al pensar en Sander.
Nuestro anfitrión depositó la botella de vino en la mesa del comedor, que había dispuesto para tres comensales, y nos invitó a que saliéramos de nuevo para visitar antes de comer la que sería nuestra casa. De nuevo pasamos a la despensa que daba a la cocina y a la bodega para acceder al jardín y, desde allí, a nuestra casa, que no era más que un ala adosada al caserón por la parte de la cava. Según nos explicó Sander, en el pasado fue un anexo que servía de antiguo almacén agrícola y que veinte años atrás había sido reformado para convertirlo en vivienda. Al abrir la puerta entramos en un porche acristalado con vistas a los bosques. Era un espacio muy luminoso, abierto a tres vientos y en su cara norte aparecía un panorama soberbio sobre las montañas. Desde ahí se accedía a un espacio diáfano que hacía las veces de salón-comedor y cocina. La cocina ocupaba la pared este de la casa y la luz entraba a raudales por dos ventanas que daban a la parte trasera del jardín y a la zona de terraza de la casa de Sander. Justo sobre su bodega, se encontraba una alcoba también muy luminosa y acogedora. La vivienda olía a cerrado y estaba húmeda, señal de que había
permanecido clausurada y deshabitada durante largo tiempo. La casa me gustaba y Antonio se dio cuenta enseguida. Sander me miró por el rabillo del ojo y percibió al instante la situación. Carraspeó.
De nuevo nos tomó a ambos por el hombro con sus grandes brazos protectores y, arrastrándonos hacia el interior de su casa, anunció con voz alegre:
—¡Vamos a comer, amigos! Y hablaremos con calma.
Una vez en su casa, Sander se dirigió a la mesa, abrió la botella de vino, nos sirvió una copa y brindamos.
—Bueno, ¿qué os ha parecido? —dijo, abriendo la puerta que desde el comedor daba a la terraza, donde ya se consumían unas brasas en la barbacoa.
—Está… muy bien —dijo Antonio, titubeando, y me miró buscando un asidero.
—La verdad es que la casa está algo abandonada —Salí yo al paso.
Sander carraspeó de nuevo, removió las ascuas con las pinzas y las chispas bailaron en el aire.
—Es cierto, Julia, tienes razón. Verás… Me comprometo a reformarla y os propongo un alquiler razonable —puso la carne en el asador, que cantó echando un humo denso y un olor que nos levantó el ánimo y el apetito.
—¿Qué os parecen 500 euros mensuales? —aventuró Sander, e introdujo una rama de romero entre la brasa y la carne.
Antonio me interrogó con la mirada. Mientras, Sander nos escrutaba. Asentí con el gesto.
—¡No se hable más! —zanjó nuestro flamante casero, brindando de nuevo.
Sander concentró su atención en las chuletas, les dio la vuelta con maestría y por fin las recogió del fuego, las dispuso sobre una bandeja y se la entregó a mi marido:
—Anda, Antonio, llévalas a la mesa, haz el favor.
Sander aprovechó ese instante, mientras entrábamos él y yo al comedor detrás de Antonio, para cuchichearme al oído:
—¡Has hecho una buena elección, Julia! —y, acto seguido, me guiñó el ojo.
Una vez junto a la mesa, Sander nos apremió:
—¡Venga, venga, que esto se enfría! Sentaros, tú, Julia, aquí a mi derecha.
Nos sirvió a cada uno un par de chuletas y una patata, un pimiento y un trozo de berenjena asados y aliñados con salsa chimichurri.
Estaba a punto de llevarme el primer mordisco a la boca cuando Sander, que ya había cogido los cubiertos para empezar a comer, los depositó de nuevo en la mesa, pareció reflexionar, frunció el ceño entristeciendo su expresión, y nos miró primero a Antonio y luego a mí.
—Os he de confesar que estoy pasando algunas dificultades económicas y no veo
cómo voy a poder asumir la reforma que os he prometido… Quizás deberemos dejarlo
correr…
—¿Qué quieres decir? —dije yo, súbitamente desganada.
Este quiebro de Sander me desconcertó. La verdad es que era un tipo raro y no me causaba muy buena impresión, más bien me daba mala espina; pero el paraje y la casa me habían seducido, era exactamente lo que buscábamos y no estaba dispuesta a dejarla perder así como así. Al casero, por muy amigo que fuera o hubiese sido de mi marido, ¡que le den! Al fin y al cabo, una vez firmado un contrato de alquiler, no sería más que mi casero, no tendríamos por qué vernos, él estaría en su casa y nosotros en la nuestra.
El ruido de un cubierto que cayó al suelo me sacó de mis pensamientos. Antonio se agachó para recogerlo y, desde debajo de la mesa, exclamó:
—Tengo una idea —Y se enderezó de nuevo.
Sander estiró la oreja hacia Antonio, nos sirvió una nueva copa de vino y le puso otra chuleta en el plato.
—Veréis… —dijo tímidamente Antonio.
Se quitó las gafas, mostrando sus ojos diminutos:
—Tengo unos ahorros… —titubeó, limpiando sus lentes con la servilleta. Se caló las gafas de nuevo, meticuloso, miró primero a Sander y luego a mí, y propuso:
—Podría dejarle el dinero para la reforma…
Lo dijo de manera que se enterara su amigo, pero buscando al mismo tiempo mi consentimiento. Es su dinero, pensé. No necesita el visto bueno de nadie. La verdad es que valía la pena, aunque no dejaba de molestarme la actitud de Sander. No pude evitar el pensamiento de que el muy marrullero hacía venir las aguas hacia su molino, aprovechándose de la buena fe de mi marido.
—¿De cuánto estamos hablando? —inquirí, levantando la copa y perforando con la mirada a Sander.
—¿30.000 euros? —aventuró Sander, mirándome de perfil, y se llevó media chuleta a la boca.
Antonio tosió para llamar la atención y, dirigiéndose a mí, dijo con una voz meliflua:
—¿A ti qué te parece, cariño?
—Me parece justo si nos lo devuelve amortizándolo con los alquileres —espeté yo y sorbí un largo trago de vino.
—¡Buena idea! —exclamó mi marido— Así no tendremos que pagar el alquiler durante…, ¿cuántos años?
—Cinco años, cariño —interrumpí yo.
Sander carraspeó, apoyó las manos en la mesa, hizo un estiramiento hacia atrás, miró a Antonio, le alargó la mano y exclamó:
—¡Trato hecho!
En el momento del apretón de manos, Sander precisó:
—¡Ah, eso sí!, con una condición —Me miró de reojo—: en el caso de que os vayáis antes de los cinco años, no tendréis derecho a reclamarme los alquileres no consumidos. Pensad que yo aquí he de hacer una inversión y… Antonio y yo intercambiamos miradas, él levantó los hombros en señal de “bueno, qué importa, está bien” y yo me quedé sin reaccionar, pero con la sensación de que algo no acababa de encajar. Sander me volvió a mirar por el rabillo del ojo y antes de que pudiéramos decir nada se apresuró a sentenciar:
—¡No se hable más, queda acordado!
Y el asunto se dio por zanjado.
Luego vinieron los postres, el café y una copa de brandy de solera gran reserva que ellos degustaron en recuerdo de sus años de juventud y con el que sellamos nuestro acuerdo.
Al irnos, ya entrada la tarde, estábamos en el jardín frente a la que iba a ser nuestra casa, cuando apareció un perro famélico y renqueante. Tenía el cuerpo lleno de ronchones y peladuras. Se acercó hasta nosotros con cara triste y se echó a los pies de su amo con un suspiro. Sin venir a cuento, Sander le largó una patada que lo levantó en el aire y fue a caer más allá con un ladrido quejumbroso.
—¡Fuera de aquí, chucho! —le regañó con desprecio.
Y el pobre animal se esfumó emitiendo un llanto que me quebró el alma. A trompicones, se fue hasta donde se encontraba trinchando ramas el operario africano que habíamos visto por la mañana. El joven seguía en el mismo rincón del jardín, un poco más allá junto al lindero del bosque, de espaldas a nosotros, ajeno a lo que ocurría (o haciéndolo ver).
El sol poniente dibujaba notas rojizas en el horizonte y las montañas al norte recibían los últimos rayos de luz anaranjada en las cumbres. Una repentina brisa agitaba las copas de los árboles. Respiré hondo y me felicité por la decisión: ya teníamos casa.
De repente, oímos un trueno que retumbaba en el horizonte, por el sur. Una cortina de negros nubarrones, que no habíamos advertido hasta ahora, avanzaba hacia el norte. Empezaron a caer gruesas gotas de agua muy fría. Nos subimos al coche y nos
despedimos precipitadamente. Un relámpago iluminó el cielo por levante mientras yo miraba a través de los cristales mojados y vi la descomunal estampa de Sander y la triste figura del africano recortados en la intempestiva luz de la tarde. Al instante un nuevo trueno pareció quebrar la bóveda celeste por encima de nosotros. Parecía un mal presagio y un escalofrío me recorrió la columna.
Un mes más tarde ya pudimos trasladarnos. Compramos algunos muebles y nos instalamos. Era un lugar muy tranquilo, alejado unos kilómetros del pueblo más cercano y no se oían más que los pájaros durante el día y las lechuzas por la noche. Lo cierto es que la reforma que Sander emprendió con el dinero que le avanzamos dejaba mucho que desear y daba qué pensar: era evidente que no había invertido en la obra ni mucho menos la cantidad que le habíamos adelantado. No me causó extrañeza, pues desde el primer momento ya había descubierto la catadura de nuestro casero. Mi marido parecía disculparlo todo, como siempre. El sitio nos gusta, ¿no?, pues disfrutémoslo y ya está, decía. Y yo le contestaba que buen sinvergüenza estaba hecho su amigo ¡Ay, Antoñito!, ¡qué ingenuo que eres!, le decía yo.
Procuré seguir el consejo de Antonio y muy pronto me ilusioné con nuestro nuevo hogar. Los primeros días nos dedicamos a acondicionar la casa. Salíamos confrecuencia a pasear por la comarca para conocerla mejor, nos enterábamos de los días de mercado en los pueblos colindantes y acudíamos para ver el ambiente y surtirnos de delicatessen para nuestra despensa. Otro día íbamos a un centro de jardinería y comprábamos una buganvilla y otras plantas para alegrar nuestra parte de jardín, o nos enterábamos de una feria de anticuarios en las proximidades y nos acercábamos para chafardear y comprar alguna que otra cosa para vestir la casa (me encantan los espejos antiguos con marcos de maderas nobles). Al mediodía, me dedicaba a cocinar algún plato, pues siempre he sido una cocinillas y me ha gustado comer. A las pocas semanas ya tenía todo tipo de hierbas aromáticas y condimentos que guardaba en recipientes de cristal junto a los fogones. Todas esas cosas me hacían sentir bien, y atribuía a estos detalles la sensación de placer y felicidad que da un hogar. Por las tardes salía a regar y podar las plantas mientras Antonio se encerraba en el porche con sus colecciones de coleópteros disecados. Por las mañanas, nos levantábamos temprano y desayunábamos con fruición. Antes de que el sol comenzara a apretar, salíamos a andar por el bosque cercano. Muy pronto nos hicimos conocedores de todos los vericuetos de nuestro entorno, dándonos el gusto de descubrir cada día un sendero nuevo que recorrer.
Un día nos perdimos. Ya llevábamos por lo menos cuatro horas andando sin saber volver a casa cuando empezamos a inquietarnos. El teléfono no tenía cobertura y no podíamos ubicarnos. Tampoco pudimos llamar a Sander para que viniera a buscarnos, aunque estoy segura de que de haber tenido cobertura hubiéramos preferido seguir perdidos que recibir una respuesta desabrida de nuestro casero. Por fin llegamos al pueblo, aún no sé cómo, pues no encontramos ni a una triste alma por el camino que nos guiara. Desde allí, emprendimos la subida hasta casa. Empezó a llover. Llegamos a lo alto de la loma empapados cuando ya anochecía. En casa no había luz, lo cual resultaba extraño pues yo siempre tomaba la precaución de dejar un aplique encendido por si llegábamos de noche. Traspasado el umbral, abrimos el armario del contador y comprobamos que un diferencial había saltado y no se podía volver a conectar. Todo apuntaba a un cortocircuito. Antonio sugirió llamar a la puerta de Sander para preguntarle si sabía algo, pero un sexto sentido me alertó y le dije:
—¡No!, no me fío de él. Llamaremos al servicio de urgencia y, si hace falta, pasaremos la noche sin luz.
Como siempre, Antonio accedió a mi deseo. Al día siguiente, a primera hora, apareció el electricista. Al principio examinó la instalación sin encontrar la avería, hasta que finalmente descubrió en el exterior, delante de la puerta de casa, que la grava
estaba ennegrecida y que se había formado un charco con la lluvia de la tarde anterior.
Se puso en cuclillas y, con la ayuda de una de sus herramientas, retiró un poco la grava dejando un cable eléctrico a la vista.
—¡Pero, hombre de Dios! —exclamó—, ¿han visto ustedes cómo tienen esto?
—¿Cómo? —contestamos mi marido y yo al unísono.
—¡Esto está totalmente fuera de norma!, ¡una verdadera chapuza! —proclamó, limpiándose las manos en el mono de trabajo— Con la lluvia de ayer fue providencial que uno de ustedes no se electrocutara. La acometida eléctrica no debería pasar nunca por aquí.
Estuve taciturna todo el día. No podía dejar de pensar que eso no había sido una casualidad; estaba convencida de que Sander tenía algo que ver. Le pregunté a Antonio qué pensaba al respecto:
—¡Valiente reforma de la casa con nuestro dinero! ¡No hay derecho! —se lamentó.
—Yo creo que lo ha hecho intencionadamente —sostuve.
—Cariño —dijo él—, Sander puede ser un chapucero, pero no un asesino.
A Sander casi no lo veíamos. Se pasaba el día encerrado en su caserón y si salía lo hacía por la noche, como los mochuelos. Desde el día que tomamos posesión de la casa, su actitud había cambiado por completo: aquella simpatía algo forzada y altanera
del principio mudó a una actitud hosca y huraña, como si estuviera enfadado con nosotros y con el mundo. Si le preguntabas algo, te contestaba con monosílabos. Antonio y yo dudábamos de si le habíamos ofendido en algo sin darnos cuenta.
Sintiéndonos mal, le preguntamos un día si había alguna cosa que le había molestado de nosotros, pero de nuevo contestó con un monosílabo que no. Podían pasar días sin que le viéramos el pelo. Iba, venía y jamás comentaba nada. Por el contrario, nosotros,
al principio, si nos ausentábamos durante más de un día, se lo comunicábamos para que no sufriera y estuviera al corriente, como es preceptivo en un clima de buena vecindad entre gentes que viven aisladas en el bosque.
Un día estaba sola preparando la comida (Antonio había bajado al pueblo a comprar pan) y me pareció ver, a través de la ventana de la cocina, una sombra que atravesaba la terraza de Sander. Me extrañó, pues el casero se había ausentado dos días antes (aunque no nos hubiera dicho nada como era su costumbre) y aún no había regresado. Al poco rato lo sentí detrás de mí. Noté que se me erizaba el pelo en la nuca. No le había oído entrar, ni siquiera estaba segura de si estaba ahí, pero tal era el terror que me produjo que me quedé paralizada y se me cayeron de las manos el cuchillo y las verduras que estaba cortando. No me atreví a darme la vuelta, me puse a gritar y salí corriendo como una loca.
Cuando llegó Antonio me encontró sentada en el jardín en estado de ansiedad.
—¿Qué ha pasado, mujer? —dijo, agachándose a mi lado y tomando mis mejillas con sus manos.
—Sander —gimoteé
—Pero, ¿cómo? —farfulló— ¡Si no está aquí!, que salió hace dos días y no ha vuelto.
Como yo seguía llorando, preguntó:
—A ver, dime… ¿lo has visto?
—Sí… Bueno, no.
—¿En qué quedamos?
—No, no lo he visto, pero he tenido la sensación de tenerlo muy cerca, detrás, casi podía sentir su aliento en el cogote.
Antonio me acogió en sus brazos y me tranquilizó. Más tarde me convenció de que había sido una alucinación mía, pues parecía que en efecto Sander se había ausentado de casa y aún no había regresado.
Esa misma noche no pude dormir bien. Estaba inquieta por lo que había pasado y no paraba de dar vueltas en la cama. Antonio roncaba a mi lado. Así que me levanté y fui a la cocina a por un vaso de agua. Consulté la hora; eran cerca de las tres de la madrugada. Miré a través de la ventana de la cocina y se me heló la sangre: había luz en casa de Sander. Me puse a temblar, intenté gritar para llamar la atención de Antonio, pero el terror me tenía atenazada y no conseguí articular sonido alguno. Procuré calmarme y recuperar la compostura. Salí para comprobar si el coche de Sander estaba aparcado, señal de que había regresado…, pero no estaba. Entré en casa y me fui directa a despertar a Antonio. Lo saqué de la cama y miramos a través de la ventana: ahora la luz ya no estaba encendida en casa de Sander. Juré y perjuré que no había alucinado, que hacía apenas diez minutos había luz en su casa. Mi marido me cogió con ternura por los hombros y me acompañó a la cama. Él se acostó junto a mí y yo me acurruqué como una niña en su regazo.
—Te juro que he visto luz, hay alguien ahí —dije.
—Está bien —dijo él—, duérmete, mañana será otro día.
Y me acarició hasta que, seguramente a causa del cansancio, caí dormida.
Al cabo de una semana Antonio tuvo que realizar un viaje para solventar asuntos relativos a la herencia de su padre. Se ausentaría varios días. Antes de partir lo noté inquieto.
—No me gusta dejarte aquí sola —se lamentó.
Yo procuré mantenerme lo más serena posible para tranquilizarlo y que marchara sin sentir desasosiego. Aun así, se subió al coche, lo puso en marcha, bajó la ventanilla y me cogió la mano con las suyas, me miró con esos ojos achinaditos medio miopes que tiene y me dijo que me quería. Yo también te quiero, le contesté, y vi que se iba triste y preocupado.
Tan pronto como Antonio desapareció de mi vista, me metí en casa para prepararme un té. Yo no imaginaba siquiera que, a partir de ese momento, iba a empezar una de las más terribles pesadillas que alguien pueda vivir.
Ese día, Sander estaba en el rincón del jardín donde tenía su taller, una casita de madera en la que guardaba sus herramientas de bricolaje. Al marchar mi marido ni siquiera lo saludó para despedirse. Tampoco le había dicho él que se ausentaría varios días. Pensó que era más seguro dejarlo creer que volvería por la noche. Ese día también apareció por la finca el joven inmigrante africano que habíamos conocido cuando vinimos a ver la casa. Deduje que Sander lo contrataba de tanto en tanto para que lo ayudase durante la jornada en las tareas de limpieza del bosque (que me aspen si no le pagaba una miseria). Desde lejos me pareció que lo reñía por haber roto una cadena de la motosierra y el chico lo miraba amedrentado con la cabeza gacha.
Preparé un refresco, pues a esa hora apretaba el calor, y se lo acerqué al mozo africano. Él dejó lo que estaba haciendo, se secó el sudor de la frente, alargó el brazo para cogerlo y me lo agradeció con una sonrisa. A su lado, Sander contemplaba la escena con los brazos en jarras y miraba a su jornalero con desdén, como diciendo: ¡vaya, ahora este tiene sed!
Me recogí en casa, taciturna, y para no pensar más me entretuve emprendiendo
una limpieza general. Por la tarde, después de comer, me eché una siesta: me encontraba muy cansada. Debí de dormir varias horas, pues me desperté atolondrada y de malhumor. Afuera ya oscurecía.
Por la noche la finca quedó en total silencio. Era una noche de luna que iluminaba el paraje con una suave penumbra. No tenía apetito y no comí nada. Leí un rato, pero apenas podía concentrarme, así que me fui a dormir. No recuerdo qué hora sería, creo que hacia la medianoche. Una vez en la alcoba, abrí los postigos de la ventana que estaba enfrente de la cabecera de la cama y así poder disfrutar de la espléndida luna llena, aunque las copas de las encinas, que se recortaban por debajo de ella como sombras chinescas, no me ayudaban precisamente a sentirme más sosegada.
En aquel instante me pareció ver a Sander fuera, parado como una estatua junto a mi ventana, en una esquina. Sentí que me espiaba. Mi ventana daba, como las de la cocina, a la zona donde tenía Sander su terraza y la salida al jardín. Sentí una punzada
en el esternón, aviso de que mi ansiedad iba en aumento. Salté de la cama y cerré de nuevo los postigos. Me volví a echar y respiré profundamente como me habían enseñado antaño en las clases de yoga. Creo que una hora después, más o menos, me
quedé dormida. En ese tiempo no oí ningún movimiento, ningún ruido. Todo parecía tranquilo y me convencí de que Sander se había ido a dormir. Al cabo de un tiempo, no sabría precisar cuánto, quizás dos horas, pero a lo mejor solo habían pasado diez o quince minutos, me desperté sobresaltada, me incorporé en la cama y abrí los ojos como platos. La oscuridad en la alcoba era total. Agucé el oído y pude sentir una respiración en la esquina izquierda del cuarto. Un pavor desconocido paralizó todo mi cuerpo. El corazón empezó a latir como un caballo desbocado. Mi respiración se descompasaba. Un instinto me hizo saltar de la cama. Tanteé en la mesita de noche. Cogí la lámpara y la lancé hacia donde él estaba. Sander pareció librarse del golpe y salió precipitadamente de la habitación. Salté de la cama y al pisar sentí un crujido y que me cortaba los pies con los cristales. Aun así, salí para cerciorarme de que no había nadie en la casa, puse el cerrojo a la puerta, me aseguré de que todas las ventanas estaban cerradas y volví cojeando y sangrando a mi alcoba. Una vez allí, cerré la puerta y me tapé la cara con las palmas de las manos, me tumbé boca abajo en la cama e intenté respiraciones profundas como en mis clases de yoga, hasta que me
quedé dormida cuando ya despuntaba el día.
Cerca del mediodía me desperté con un terrible dolor de cabeza. Pensé en huir de aquella casa, pero el coche se lo había llevado Antonio y me sentía atrapada. Me dije a mí misma que esa situación no podía continuar así y que tenía que ponerle remedio. No quería llamar a Antonio, pues eso lo obligaría a volver inmediatamente dejando sus asuntos a medias. Tengo que hacer algo, me dije. Curiosamente, la desazón que sentí, el hecho mismo de sentirme engañada, la conciencia de que Sander quería perjudicarme y causarme mal me habían trasladado a otra dimensión: ahora el miedo se había transformado en una tozuda y fría determinación para planear una solución.
Esa mañana Sander estaba solo en su taller. Por su actitud, parecía como si no hubiera pasado nada. Yo lo veía a él de espaldas removiendo entre las herramientas. Entonces concebí un plan. Me aseguré de que estaba bien entretenido con el bricolaje y aproveché para colarme en su casa a través de la puerta que daba a la cocina, que él siempre dejaba abierta. Accedí a la bodega descendiendo por unas escaleras a oscuras hasta llegar frente a la puerta metálica de la cava. La llave estaba en la cerradura. La
giré para abrir, entré y encendí el interruptor de la luz a la derecha. Una bombilla macilenta que colgaba del techo iluminó un habitáculo que recordaba a esos bunkers que se construyen para “el día después” nuclear. Alrededor, construidos en hormigón
como el propio bunker, aparecían los nichos en los que reposaban las botellas de vino. Cogí varias botellas y las estallé contra las paredes. El vino corrió por el suelo e impregnó con su olor toda la estancia. Es lo que yo quería. Salí de allí y apagué la luz
dejando la puerta abierta. Me aseguré de que al volver a salir al jardín Sander no me viera y me deslicé con la rapidez de un reptil hacia mi casa.
Hacia el mediodía, supongo que acuciado por el apetito, Sander cerró el taller y se acercó a su casa. Yo estaba pendiente, pero escondida para que no me viera. Entró como siempre por la puerta de la cocina. Me quedé quieta, muy atenta, como un felino a punto de saltar sobre su presa. Lo imaginé extrañándose al oler el vino derramado que subía desde el sótano. Al instante, me pareció que descendía hasta la cava. Luego le oí manejando un cubo y llenándolo de agua, o quizás el recogedor y la escoba. Salí de mi escondite y me asomé por su puerta: percibí como bajaba las escaleras y luego sus pasos en la bodega. Me deslicé en su casa. Bajé sigilosa las
escaleras del sótano. Estaban a oscuras, pero allí abajo salía luz de la bodega. De repente me pareció que Sander dejaba de recoger cristales y subía de nuevo las escaleras. ¡Estás perdida!, me dije, y me quedé petrificada. Pero, no; Sander volvió a entrar y oí de nuevo como barría los cristales rotos. Descendí de puntillas unos metros más. Enseguida pude verlo, de espaldas a mí, al final de la cava. Con la rapidez de un gato me acerqué hasta la puerta y la cerré con llave. Me quede quieta, al acecho. Oí los pasos de Sander hacía la puerta. Yo me mantenía quieta y en silencio al otro lado. Él forcejeó para abrirla. Debía de pensar que se había cerrado sola. Al ver que no podía, empezó a aporrearla. Cesó en sus golpes unos segundos: debió de comprender que lo habían encerrado.
—¿Estás ahí?… Lo sé… ¡Estás, ahí! —dijo Sander— Venga, déjate de bromas, abre la maldita puerta.
Al ver que no había ninguna reacción, Sander empezó a aporrear la puerta con furia y desesperación. Sentí miedo, pues la puerta temblaba como si fuera a romperse. Pero era evidente que ni un gorila sería capaz de salir de allí.
—¡Bruja!, ¡abre la maldita puerta! —se desgañitó de nuevo Sander.
—¡Miserable!, ¡canalla! —dije yo desde fuera— ¡ahí te pudras!
Y me fui tranquilamente a mi casa.
Al salir al jardín, me fijé que lucía un día precioso. Una suave brisa traía las fragancias del monte. Respiré profundamente y sonreí. Cogí una tumbona y me eché al sol para disfrutar de esos momentos. Pensé que me apetecía un cigarrillo, pero lo había dejado muchos años atrás. De repente vi aparecer una figura desde el fondo del jardín. Era un perro que trotaba con un paso alegre hacia mí. ¡Ojos tristes!, exclamé; así llamaba yo al perro de Sander. No lo había vuelto a ver desde aquel primer día. Se acercó hasta llegar a mi lado, me lamió la mano, bostezó y se tendió junto a mis pies.
Los días que siguieron fueron escalofriantes. Por la noche, cuando me metía en la cama, podía oír a Sander perfectamente pues el sótano quedaba justo debajo de mi alcoba. Al principio, sentía sus pasos de un lado a otro como una fiera encerrada y, de
repente, golpeaba la puerta lanzándose contra ella. Unas veces gritaba desesperado y otras gimoteaba como un niño. Al cumplirse una semana de su encierro se hizo evidente que la debilidad hacía mella en él. Los gritos y lamentos dieron paso a los
sollozos y los soliloquios de un borracho. Me imaginé que se mantenía con vida gracias al vino. Me preocupaba que mi marido volviera antes de que hubiera muerto, como así fue.
Antonio regresó diez días después de su partida. En un primer momento no le dije nada, pero al llegar la noche, estando ambos ya en la cama leyendo, él se quitó las gafas, aguzó el oído y mirándome con sus ojitos chinos me preguntó:
—¿Tú no oyes como unos gemidos?
Me incorporé en la cama, dejé el libro de lado y le tomé las manos, dispuesta a contárselo todo. Pero Antonio me conocía bien, y antes de que yo pudiera articular palabra, dijo:
—¡Sander!
—Sí —contesté.
—Se oye en el sótano, en la bodega —aventuró, pegando su oído a la pared—Parece como si se hubiera quedado encerrado.
Entonces, pareció entender la situación, estiró el cuello como una garza, abrió los ojos bien redondos y apostó:
—¿Tú?
—Sí.
Antonio volvió a achinar los ojos, esbozó una sonrisa y preguntó:
—¿Cuánto lleva encerrado?
—Hoy ha cumplido diez días.
Entonces él cogió con dos dedos sus lentes de miope por la varilla, los escrutó a contraluz, echó vaho en los cristales, los limpió meticulosamente con un pañuelo y vaticinó:
—No aguantará mucho más, a lo sumo una semana.
Esa noche dormí con gran placidez.
Amaneció un día precioso. Preparamos un buen desayuno, que disfrutamos fuera en el jardín en compañía de Ojos tristes. Antonio le lanzaba, una y otra vez, un palo entre la maleza y el perro lo recuperaba con cierta parsimonia. Una de las veces, Ojos tristes pareció desentenderse del palo y empezó a husmear entre los matorrales; daba la sensación de que había encontrado algo. Tomó entre sus belfos un objeto, lo trajo (esta vez andando con más brío) y lo depositó a mis pies. Era un muñeco de trapo artesano. Lo cogí y lo observé estupefacta. Miré a Antonio, que ya acercaba su silla a la mía. La figura, aunque algo burda en su confección, tenía cierto parecido con Sander, con esos ojos grandes y una mueca en la boca, tocado con un sombrero y vestido con una camisa roja de cuadros y un tejano como los que usaba el casero a menudo. El pelele tenía clavados cuatro alfileres: uno en el corazón y tres en el abdomen. También lucía manchas rojas alrededor de los ojos. A saber qué significarían esos detalles, pero intuimos que nada bueno.
—¿Qué te parece? —le dije, alargándole el muñeco.
—Curioso fetiche —contestó Antonio, observando el objeto a un palmo de distancia de sus ojos, como si se tratara de un singularísimo ejemplar de escarabajo— Es como los que utilizan en las sesiones de Vudú, en Cuba o en Brasil… Pero… —le dio
varias vueltas al muñeco—, no imaginaba que aún se practicara en África…
—Veo que has pensado lo mismo que yo —interrumpí, y Antonio asintió con una mirada cómplice.
No quise que, de nuevo, negros nubarrones oscurecieran mi ánimo. Como era día de mercado, le propuse a mi marido que nos acercáramos al pueblo. Compraríamos algunos quesos y confituras, aprovecharíamos para contagiarnos de la alegría de la calle, disfrutaríamos de la gracia y desparpajo de los vendedores de la plaza, nos dejaríamos seducir por la fisionomía de los paseantes y nos contagiaríamos de la alegre algarabía de los niños que salen del cole, como así fue.
Los días siguientes me sentí muy aliviada, como si se hubiera purificado mi áurea. Por fin fueron días felices, junto a Antonio.
En cuanto a Sander, un día ya no se oyó ningún ruido. Bajamos a la bodega y escuchamos a través de la puerta metálica, pero no se percibía ni un triste lamento. Aun así, decidimos esperar unos días más antes de abrir la puerta, entrar en la cava y certificar su defunción.
Paco Marfull
